España se retira de Afganistán con mucha pena y sin ninguna gloria

El-ministro-de-Defensa-de-Espa_54244502416_53389389549_600_396España concluirá, a finales de este mes de octubre, en Afganistán, trece años de presencia militar en el país centroasiático con un balance demoledor: 102 militares españoles muertos en una causa (una guerra, dejémonos de rodeos) que no era nuestra, ni de ese espectro de dudosa acotación que es la llamada «humanidad», sino única y exclusiva del imperialismo norteamericano.

Resulta difícil de entender la invasión de Afganistán, al socaire de un eslogan tan pretencioso como ridículo («Operación Libertad Duradera»), como consecuencia de los brutales atentados del 11 de septiembre de 2001. Efectivamente, excepto un egipcio y un emirartí, absolutamente todos los terroristas implicados directamente en la masacre del «11-S» tenían la nacionalidad saudí. ¿Invadió Estados Unidos, al mando de la «coalición internacional», Arabia Saudita; buscó a los ideólogos y financiadores entre la siniestra familia Saud; acabó con la monarquía feudal y propició una democracia «a la occidental»? No, los norteamericanos invadieron Afganistán, un país más cerca de la Edad Media que del siglo XXI y cuyo techo tecnológico empieza y acaba en «Kalashnikovs» de segunda y tercera mano.

Lo cierto, la realidad última de «lo de Afganistán», ha sido (y sigue siendo) el siniestro juego estratégico de Estados Unidos contra Rusia y, de rebote, contra China, país al que algunos analistas internacionales señalan como el «enemigo último» del Tío Sam. No hay más. España, así, ha colaborado con la «coalición internacional» (esto es, bajo la batuta yanqui, aunque el celofán lo pusiera la ONU) no a exportar la democracia, las libertades y la riqueza a Afganistán, sino para obedecer a un amo al que le gusta arroparse de «colaboradores», para evitar en lo posible el dedo acusador de los disconformes con la «gendarmería universal».

Hoy, Afganistán, catorce años después de la decisión de George W. Bush, sigue siendo un país dominado por las tribus de talibanes, donde los únicos «territorios liberados» son Kabul, acuartelamientos extranjeros y algunas zonas dominadas por los «señores de la guerra» colaboracionistas en, donde, por cierto el cultivo de la adormidera no ha dejado de crecer a pesar de los ineficaces «planes de erradicación» puestos en marcha por los títeres de Washington. Catorce años absolutamente perdidos en los que Estados Unidos la librado su particular «juego de tronos», los traficantes de armas internacionales han aprovechado para hacer su particular y macabro agosto, y donde la población civil no ha dejado de sufrir el calvario de la guerra, un calvario más que añadir a su ya de por sí lacerante pobreza.

Ahora, el gobierno del Partido Popular dice que España virará las bocachas de sus subfusiles en dirección al «Daesh», en la vecina Irak. Lo que no sabemos es si con la eficacia demoledora del oso ruso o, por el contrario, con la molicie estúpida y suicida de los «occidentalistas». El tiempo lo dirá, aunque nos tememos lo peor.

Sea como fuere, lo que sí es una verdad incontestable son las 102 bajas que, al fin y a la postre, no han servido absolutamente para otra cosa que para apuntalar al imperialismo norteamericano. Pero hay más. Al margen de los fallecidos, no podemos olvidarnos ni dejar de denunciar los tristes casos de militares heridos con secuelas y posteriormente licenciados, a los que el gobierno del Partido Popular ha dejado «tirados como colillas».

Los falangistas seguimos estando persuadidos de que no queremos ni un solo soldado español en el extranjero, de que no queremos que ningún soldado extranjero se deje ver en España fuera de sus respectivas Embajadas, y de que, en consecuencia, es absolutamente urgente y necesario desmantelar las bases militares extranjeras de territorio nacional y romper, de una vez por todas, de esta banda sangrienta conocida por las siglas OTAN.