Los talibanes del 78 continúan sembrando el rencor

12647484_1068215349866503_7001388860277848203_nEl establishment ideológico ha implantado un monolitismo ideológico que no permite la crítica, la disensión ni mucho menos la generación de propuestas alternativas a lo aceptado como políticamente correcto. Todo lo que se salga de los patrones del pensamiento estrictamente marcados, cae en el más absoluto de los ostracismos. No hay lugar a la disensión. No hay libertad.

Y esta falta de libertad se deja sentir en acciones como las que se suceden estos días: son los políticos, cada vez menos preparados y más mediocres, los que dictan los patrones de la Historia. No hay espacio para que los historiadores busquen los datos, los analicen, y establezcan una conclusión sobre cada uno de los hechos históricos. En el régimen liberal actual, esta labor les ha sido arrebatada, y son los políticos profesionales los que dicen qué y quiénes han sido provechosos para el país. Y quienes no.

El franquismo es una época con sus luces y sus sombras, que indudablemente vino con el pecado original de la guerra fratricida, en la que participaron ambos bandos por igual. Curiosamente la mayor parte de partidos políticos y sindicatos actuales participaron en ella, como PSOE, UGT, PCE, ERC, PNV… Pero es a FE de las JONS (el único partido que ha superado con creces aquel periodo) a quien no dejan salir del guerracivilismo. La paradoja se produce cuando los nuevos políticos deciden iniciar un reseteado histórico. Borrar la memoria de una parte de la Historia de España que guste o no, es patrimonio de todos los españoles. Es la memoria de nuestros abuelos. Es nuestra memoria. Y para bien o para mal hay que asumirla, digerirla, y avanzar.

Entonces comienza el esperpento. Se declara unilateralmente qué monumentos son franquistas y cuáles no. Por ejemplo, hace escasamente 24 horas que la inefable alcaldesa de Madrid ha podido cometer una prevaricación al quitar la placa de José García Vara en la plaza de la Ópera de Madrid sin comunicarlo a la Comisión de Patrimonio. Pobre José García Vara. Fue asesinado a las cinco de la mañana cuando se dirigía al obrador para hacer el pan que iban a comer los mismos que le asesinaron. A José le segaron la vida en 1935. ¿Franquista? No sabía ni quien era Franco ni siquiera que vendría una guerra civil en la que nunca pudo participar. Esto es la memoria histórica de la progresía: la que quieren pasarnos como realidad histórica cuando en verdad se trata de una construcción ideológica montada sobre los pilares del rencor y la inquina.

Otro tanto ocurre con las víctimas de la Guerra Civil. Onésimo Redondo fue una de las primeras. A todas debemos guardar respeto al margen de su ideología. Los españoles somos un pueblo pasional y belicoso, como nos retrataba Hemingway. Pero también noble. La Guerra Civil fue la materialización de una pugna ideológica no resuelta durante el siglo XIX. Y las víctimas fueron una generación de españoles que, acertada o erradamente, dieron su vida en lo que cada uno creyó que era una España mejor. Por ello, la dignidad humana que debe regir nuestros actos nos obliga a considerar que ningún español debe estar tirado en una cuneta. Pero de ninguno de los dos bandos. Por ello la memoria histórica, tan desmemoriada y tan histérica, solo se ha ocupado en reparar a uno de los dos litigantes, manteniendo abierta la herida.

La damnatio memoriae, la “condena de la memoria” ha sido dictada contra todo lo que huela a nacionalsindicalismo. El cerro de San Cristóbal de Valladolid es un buen ejemplo que representa a la perfección el maltrato sufrido por la práctica totalidad de los monumentos erigidos durante el llamado franquismo, si bien personajes como José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma o el propio Onésimo Redondo jamás conocieron, disfrutaron o ensalzaron dicho periodo histórico, precisamente por haber sido asesinados por el Frente Popular unos meses antes.

Pero lo más lamentable de todo es la razón principal que sacude la zanahoria para que los borricos sigan avanzando. Se nos envuelve en las prendas de la polémica el gran señuelo del franquismo, para que nadie se fije en el que arrastramos el pesado carro de la corrupción, de la malversación y de la prevaricación. A demoler el cerro de San Cristóbal se destinarán 108.000 euros públicos, que podrían ayudar a unas decenas de familias españolas. No van a construir nada después. Solo dilapidarán la memoria histórica y el dinero de todos los españoles.