Manuel Parra Celaya: "Europeidad y Falangismo"

1361557935_358341_1361805903_noticia_normalReproducimos a continuación el interesante artículo que el profesor Manuel Parra Celaya, candidato nº 3 de la lista de FE de las JONS a las Europeas, ha escrito para falange.es:

Me siento decididamente ciudadano europeo, con la misma convicción -y casi por idénticas razones- que nuestro Eugenio D’Ors se consideraba ciudadano romano. Creo que los caminos que me llevaron a esta percepción -que voy convirtiendo paulatinamente en Idea- son fundamentalmente tres: a) la lectura, en mi mocedad del Frente de Juventudes, de un genial artículo del periodista Felipe Mellizo, en el que se priorizaba una especie de intrahistoria europea (decía, entre otras cosas y cito de memoria, el valor de tener una novia en Ámsterdam o esperar un autobús en una calle de Londres) a los no menos geniales esfuerzos de Ullastres por conseguir aquel Tratado Preferencial; b) la herencia asumida de mis bisabuelos (¿o debería decir tatarabuelos?) de la Generación del 14: Ortega y Gasset, Ors, Marañón, Ayala…, para quienes toda guerra europea era una guerra civil, y c) la lectura meditada de los textos de José Antonio Primo de Rivera.

La primera razón es demasiado subjetiva para obtener algo de peso entre quienes lean estas líneas; quizás me entiendan mejor quienes pertenezcan a mi generación de los 60, en la que, sin menospreciar el legado de nuestros mayores, teníamos por lógica otras perspectivas acerca de muchas cosas.

La segunda razón puede obedecer a planteamientos de índole literaria, filosófica o pedagógica, lo cual puede achacarse a una deformación profesional y vocacional. No obstante, si reconocemos en la Falange un modo de actualización exasperada, en la coyuntura histórica de los años 30, de los intentos regeneracionistas y reformistas de parte del liberalismo español en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX, tampoco puede quedar tan distante de la tercera razón, es decir, de la reflexión ante los textos joseantonianos.

Sin necesidad de acudir a consabidas citas, podemos llegar al acuerdo de que la esencialidad del pensamiento de José Antonio se puede sintetizar en los siguientes puntos:

1º) Interpretación humanista, de base cristiana indiscutible, como base previa a cualquier otra consideración, propuesta de estructuras o de cambios necesarios. Los valores eternos e intangibles del hombre -dignidad, libertad e integridad- se amplían en la valoración de la familia, del trabajo y de la sociedad, por una parte, y, sobre todo, en la igualdad esencial de todo el género humano, con sus constantes posibilidades de elección entre el bien y el mal. Acaso son los valores hispánicos del primitivo jonsismo, siempre bien enunciados y acaso nunca bien acabados de definir.

2º) Superación de las formas de insolidaridad, tanto individuales (egoísmo frente a servicio), como colectivas (nacionalismo). La interpretación del concepto de patria como empresa, tarea o misión entre otras patrias nos abre una dimensión diferente a la que adoptó tanto el nacionalismo español decimonónico como los nacionalismos identitarios, cunas de separatismos. No está de más recordar el adagio orsiano: todo nacionalismo es un separatismo; la extensión no importa.

En la interpretación de José Antonio, las colectividades históricas desempeñan sus roles históricos mediante un proceso de agregación e integración sucesivas; así, los antiguos reinos medievales desembocaron, por necesidad, en los Estados Nacionales, porque sus posibilidades habían quedado estrechas ante la dinámica de los tiempos.

En nuestro momento, son los Estados Nacionales quienes han tocado fondo en sus posibilidades, y son precisas nuevas formas de integración supranacionales; en el caso de España, esa unidad supranacional se llama Europa.

Si la visión de los nacionalismos -cualquiera de ellos- se puede representar gráficamente por la superposición de círculos concéntricos, por tanto cerrados, el trasfondo de la definición falangista queda dibujado acertadamente por una espiral, por tanto sobre abierta, hacia la universalidad.

3º) Valoración de la cultura occidental, europea, como un todo, que, en aquella circunstancia, era preciso salvar de una invasión de los bárbaros. Esa cultura tiene raíces bien definidas, que parten del logos griego e incorporan todas las aportaciones sucesivas de la historia europea (ninguna desdeñable de forma radical y absoluta); es decisiva la aportación que hace el Cristianismo, que configura la interpretación trascendente del hombre. Eso era lo primero que debía ser salvado de la invasión presente en los años 30. ¿No tiene la Europa actual a la vista otras invasiones -externas o internas- que atentan precisamente contra esa interpretación del hombre, base de la cultura europea?

4º) Rotundo sentido de perfectibilidad en lo social, lo económico y lo político, en busca de cotas de libertad y de justicia que el sistema establecido negaba y sigue negando. Dejemos ahora de lado el debate entre el posibilismo reformista y la utopía revolucionaria: lo cierto es que el común denominador de los pueblos europeos es la conquista de una eutopía, es decir, de un buen lugar para vivir dignamente. No estaría de más que adecuáramos nuestra vieja consigna: Amamos a Europa porque no nos gusta.

No nos limitemos a aceptar a regañadientes que el camino de hoy nos lleva, indefectiblemente, a una Europa Unida. No es solo un imperativo de los tiempos, sino una constante de la historia europea y una exigencia cuyo sustrato se encuentra en nuestras bases ideológicas.

Tampoco interpretemos que esa Patria Europea del futuro pueda privarnos de nuestra españolidad, de nuestra raíz española o, mejor, hispánica o mestiza. Del mismo modo que España -y la Hispanidad- es varia y plural, también lo será la Europa Unida a la que me apunto como ciudadano y quizás vean mis hijos. Si no hay incompatibilidad entre ser catalán, o vasco, o andaluz… y la pertenencia activa e ilusionada a la globalidad de España, tampoco, en ese futurible, puede existir incompatibilidad entre ser español, francés, italiano o alemán y ser ciudadano europeo, con un patriotismo integrador.

Como se ve, la teoría de la espiral es constante y consecuente. Flaco favor haríamos a la historia del hombre -y al falangismo, defensor de una España que siempre alumbró horizontes- si nos dejásemos ganar ahora por los nuevos sones de la gaita en lugar de tensar las cuerdas de la lira.”